Eran los 9 de la mañana. Quietud en el ambiente. Silencio casi total. Ese silencio que desde hace años reina en Farasdués.
De pronto, voces, risas, ruidos ya olvidados.
En mi cama creí soñar. ¿Sería mi padre cuando, azada al hombro, salía temprano a su querida huerta?
NO, no estaba soñando. Eran sonidos reales. Estaban en la calle. La vida Había vuelto.
Me levanté entre la realidad y la fantasía. Abrí la ventana y ví que no soñaba, era cierto.
Abajo, junto al río, jóvenes alegres empezando su proyecto, dando vida a un huerto abandonado, dando vida a FARASDUÉS.

Aparte de la sugerente atmósfera poética creada por estas líneas, la idea de que un grupo de jóvemes pudiera poner en producción un huerto abandonado me parece digna de tener en cuenta. ¿Alguien se anima?