Fue un día triste.
Miré a mi alrededor para recordar cada rincón de esa casa.
La cocina, las alcobas, aquella habitación donde expiró el patriarca, el abuelo, el padre.
LLoré con rabia bajando por última vez esas escaleras que tantas pisadas habían hollado.
Agarré la mano de mis hijas y juré que un día volvería y esa casa respiraría vida.
Y se ha cumplido, hemos vuelto y nada ni nadie conseguirá que nos arrepintamos.
Pilar Riglos
